Cuando yo era una mica

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Ay amigos, hoy me he levantado añorando aquellos tiempos en los que era un cachorro. La verdad es que tenía la necesidad de recordar aquello que yo no recuerdo por mí misma porque era demasiado pequeña.

Y lo primero que me vino a la cabeza fue el estado rarísimo en el que se encontraba mi humana: “con el gato me quedo, pero a ti no te quiero”. Toma ya.

Y seguía con la conversación de que si uno no regala un animal para que te quieran, sino porque te quieren; que si no es un artículo de contrabando de cariño… ¡Madre mía la que le montó.!

Y sin embargo, a mí me miró, de esa manera tonta que me gusta, y decidió que me llamaría Ruah. Que sepais, que mi nombre tiene lo suyo: es hebreo y significa aliento vital, ese capaz de dar vida cuando toca. No quiero ni imaginarme por lo que estaría pasando en aquel momento. Cosas de humanos.

A los pocos días de estar en mi nuevo hogar, escuché cómo hablaban de mí. Preguntaba por mis padres, por si había estado con otros gatitos, qué personas vivían conmigo, si tenían otros animales, si me habían manejado bien entre la segunda y la séptima semana, que si me habían expuesto a un entorno complejo intentando que mi estado fuera positivo… Bueno, bueno, la que se lio cuando se enteró de que provenía de una casa en la que los humanos no se habían planteado el tema de la castración, y que mis hermanos terminaron en una tienda de animales. Aquella bronca fue apoteósica: que si cómo se les ocurría, que si que en qué estaban pensando, que si no se qué del bienestar de los gatos… Recuerdo cómo me cogió y cómo dijo “mi Ruah, vas a tener la desgracia de no separarte nunca de mí”. Y cumplió su amenaza… Aquí estamos, 16 años después.

Luego me fui enterando que nací ciega y sorda. Pero me duró poco, como habéis podido comprobar. A los dos meses ya veía como ahora y a partir de los 9 días comencé a oír, con matices, pero a oír.

Mi cuerpo se arrastaba por el suelo durante las dos primeras semanas y poco a poco fui espabilando. Eso sí, sobre los dos meses y medio, no había quien me parara.

Lo que sí recuerdo en mis carnes es a mi madre cuando me pasaba en el juego. A sus reprimendas argumentaban que me estaba enseñando conductas sociales. La proxima vez que me digan que una madre lanza una zapatilla diré que es una estrategia de aprendizaje social.

Y lo de hacer mis cositas en la arena, lo aprendí yo sola. Y lo de no ensuciar las zonas donde descanso es fundamental. Limpia hasta el final.

Pero lo de matar bichos… se me pasó el arroz. Nunca vi a mi madre cazar una presa viva. Si acaso cazar algún trozo de pollo del plato de alguien. Bueno, aún recuerdo la cara de asco de mi humana la primera vez que le llevé un pajarito muerto. Pero no fui yo, eh, que a mí lo que me va es perseguir.

 

Acerca de Ruah

Psicóloga, psicoterapeuta, máster en etología y bienestar del animal de compañía
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