Bebé a bordo

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Un buen día, las cosas en casa empezaron a cambiar.

La habitación que hasta ese momento había sido el despacho, y donde yo tenía mi cesta para el sueñecito de la tarde, justo en la mesa, a la altura precisa para que me diera el calorcito en invierno, fue transformada, y mi cesta cambiada de sitio.

Además, hasta ese momento, cuando mi humana se ponía a escribir delante del ordenador, yo encontraba hueco perfectamente en su regazo. Pero poco a poco fui deslizándome hacie el teclado, y no precisamente porque yo quisiera. Era como si me faltara espacio, como si algo me empujara hacia adelante. Era ese barrigón que estaba abombando su cuerpo.

Recuerdo que un día se fue, y antes de que llegara, alguien me dio a oler un trapo, mientras me acariciaba. 

Al día siguiente, mi humana llegó distinta. Contenta y con una cosa envuelta en brazos. Me acerqué, como lo hago en general cuando viene gente a casa, a ver qué era aquello. ¿Una comida rica? ¿Un jueguete? No… un diminuto ser humano.

Ahora lo entendía todo: ¿a qué huelen los bebés? Al trapo que me enseñaron el día anterior.

El encuentro fue agradable. Al tiempo que yo le olía, recibía caricias… No era tan malo. Entendí en ese momento la utilidad de ese cachivache que pusieron en la habitación reformada: cuna, lo llamaron. Recuerdo que cuando pusieron allí al bebé, me froté contra ella. Y ese fue mi primer susto: ¡esa cosa se movía!

He de reconocer que las cosas empezaron regular. Todo el mundo pendiente del niño. ¿Y mis juegos? ¿Y mis caricias? ¿Y ese estar atentos de si ahora me apetece algo especial o no? Hasta la comida humeda llegaba casi a secarse sin que me la cambiaran.  Esos detalles que antes se cuidaban tanto…

Debido a que su pericia inicial  para atender al bebé era más bien escasa, se les veía agobiados, no te creas. Pero enseguida se dieron cuenta de que yo empezaba a estar rara. No sé si fue ese primer pis fuera de la bandeja, o ese primer día que decidí no salir. Así que retomaron los juegos, algunas rutinas conmigo, e incluso, si no podían atenderme  cuando hacían cosas con el bebé (ya sabemos que cambiar un pañal, depende de para quién, puede ser una labor de ingeniería aeroespacial) me llevaban a la cocina a darme ese exquisito mousse de pato. ¡Miau, que rico! Otras veces me lanzaban aquel caramelo ruidosos, o, si tenía suerte, me daban una caja vacía para mí solita. Era genial.  Las cosas empezaban a mejorar.

A un amigo mío, no le fue tan bien. A él le dio por esconderse. Que digo yo, que si uno se esconde es porque quiere no ser encontrado, ¿no?. Pues no. Sus humanos empeñados en que tenía que saludar al niño. ¡La que se armó!. Y encima que si la culpa era del gato… Le cambiaron las cosas de sitio, no le dejaban entrar en la habitación, soportó pinturas, muebles nuevos, que si tiro un tabique… ¿Y la culpa era del gato? Infartado estaba el pobre. Empezó a ser más esquivo y a mearse fuera, a estar más apático, a comer menos…. ¡Madre mía!

Las semanas siguientes a la venida del bebé, no fueron mejores para él: apenas le hacían caso, cuando cambiaban al niño o le daban de comer le sacaban de la habitación… Pobre. Su casa transformada, sus habitantes comportándose de forma extraña, nuevo miembro ante el cual todo le salía mal…

Problemas de comportamiento dijeron que tenía cuando se lo dieron a una hermana de su humano. Problemas de comportamiento. Que si tenían miedo de que le hiciera algo al niño, dijeron. Mi amigo, que hasta ese momento había sido lo más sociable en gato que yo he conocido.

A mi me parece que los que presentaron problemas de comportamiento fueron ellos. Pero qué se yo, si sólo soy una gata.

Bueno, dejémoslo aquí. En otra ocasión os hablaré de cuando el niño empezó a gatear. ¡Ay qué peligro!

AMIGO GATUNO, RECUERDA:

  • Si el gato con el que vives no presenta previamente a la llegada del bebé problemas de comportamiento, el acople entre ambos será sencillo teniendo en cuenta algunas pautas.
  • La llegada el bebé, nos supone estrés, como a ti, aunque sea muy querido.
  • Somos animales  que necesitamos estabilidad en casa, a nivel social (en sus miembros, animales o humanos), y a nivel físico.
  • Cuando llega un bebé, hay cambios que vienen aparejados a él: redistribución de la casa, muebles nuevos, cambios de rutinas, nos dedicáis  menos tiempo.
  • Necesitamos que nos lo pongáis fácil para minimizar el estrés que todo esto nos supone.
  • Os da mucho miedo que contagiemos alguna enfermedad al bebé. Eso es sumamente difícil, pero además se puede prevenir con visitas de rutina al veterinario una vez al año, manteniendo nuestro arenero limpio, y si somos muy cariñosos, teniendo cuidado con los lamidos en la cara.
  • Dadnos tiempo para ir hacéndonos a la idea. Si tenéis que hacer cambios en la casa, hacedlo semanas antes: no dejéis todo para última hora.
  • No cambiés de forma brusca vuestra forma de relacionaros con nosotros. Es verdad que no somos perros, pero eso no significa que no disfrutemos de los juegos, de las caricias, de la forma en la que sucumbís a nuestros deseos (esta comidita, este momento en el sofá…), de la limpieza de nuestro arenero, del orden de nuestras cosas (dónde está nuestra bandeja, nuestro rascador, nuestro comedero…).
  • Enriqueced nuestro entorno: poned a nuestro alcance elementos que nos permitan desarrollar nuestras conductas naturales. Jugad con el espacio, poned a distintas alturas lugares a los que acceder a descansar, multiplicad las cuencos de agua y comida…
  • Ayudadnos a asociar al bebé con experiencias positivas.
  • Podéis usar también una sustancia llamada feromona facial felina. A los humanos no os hace nada, pero a nosotros nos ayuda a percibir el entorno como seguro.
  • Una toalla con el olor del bebé antes de que llegue a casa, asociada con premios y juego nos ayudará a reconocerle como algo agradable.
  • Si tenéis que hacernos menos caso por hacer cosas con el bebé, en esos momentos dadnos una alternativa: una comida rica, un juguete…
  • No nos regañéis si nos acercamos al bebé. Si os preocupa, cogednos tranquilamente.
  • Dejad que seamos nosotros los que iniciemos el contacto con el niño. Supervisad cada contacto,  pero no nos  forcéis. Las cosas poquito a poco.

Acerca de Ruah

Psicóloga, psicoterapeuta, máster en etología y bienestar del animal de compañía
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