Adios… y gracias…mi Ruah…

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“Hoy no me podido levantar. Ha sido una faena porque me he vomitado encima. Estaba muy cansada. Llevaba varios días sin comer. Mi humana me daba la comida con jeringuilla. Pero aún así, yo lo único que quería era beber. Tenía una sed de mil demonios, y no entendía su cara de preocupación cuando me veía beber tanto. Oí como hablaban de llevarme al veterinario, y así lo hicieron hace unos días. Total que desde entonces me daban una pastilla y esa comida especial.

Mi humana se comportaba raro. Simpre he sido de ponerme encima suya y ella muy de decirme cosas, ya sabéis, le gusta hablarme raro. Pero no era igual. Yo notaba cierta tristeza que ella intentaba ocultar diciéndome cosas bonitas.

Un día vino del veterinario y me dijo: “dos años más por favor, dos años más… O uno…”. Pero todos sabíamos que yo ya habia gastado 6 de mis 7 vidas.

Y esta mañana, empezaba a finalizar la séptima. Me lavaron, me cogieron, me abrazaron, y sentí que comenzaban a llorar. Me dejó en el suelo y vio que no me sostenía. Había momentos que no recuerdo muy bien, porque me quedaba como en blanco mirando al horizonte. Hijos, que ya tengo una edad, puedo permitirme tener despistes, digo yo. Y es que enseguida venía alguien a buscarme y a colocarme en mi cojín.

Lo que sí notaba es que tenía más frío. Me acurrucaba para dormir entre el brazo y el cuello de mi humana, y ella decía que lo hacía de forma diferente. Qué se yo. Lo que pasaba después es que me cubría más con su brazo… y qué bueno ese calorcito.

Tras lavarme y tenerme en brazos, escuché como alguien decía: “ha llegado el momento. Hay que dejarla ir”, y después mi humana me puso en otros brazos y salió del salón a por el transportín. La oía llorar.

El camino al veterinario es muy corto, a penas 100 metros. Ensguida pasamos. Esta vez no me abrieron la puerta del transportín, sino que quitaron la parte de arriba. Me miró, las miró y habló de la responsabilidad de querer bien y saber decir adios. Yo noté el cariño y noté su tristeza. Pero yo estaba tan cansada…

Me pusieron una inyección y antes de dormir oí que el veterinario decía: “va a tardar dos minutos en dormirse”, y sentí un beso en mi cabeza mientras el sueño se apoderaba de mí…”

– ¿Puedo cogerla en brazos mientras se duerme?

– Claro…

Yo no podía evitar acunarla, aunque sé que le gustaba lo justo. Qué breves son dos minutos.

– “Ya  está dormida. Puedes dejarla”.

Y dejé su pequeño cuerpo inerte entre el desgarro, la tristeza y el llanto…

Gracias mi Ruah… qué vacío me dejas, cuánto cariño compartido… y qué fortuna de habernos tenido 17 años…

PD: los duelos tienen muchos apellidos e intensidades, pero tienen en común la pérdida de algo querido. El duelo por un ser amado, por una trayectoria de vida truncada por un abandono, por un accidnete, por lo que pudo haber sido y no fue… El duelo por un compañero de vida, por alguien significativo… Y aquí, los que tenemos animales, sabemos que nuestra pérdida es del tamaño del vínculo que habíamos establecido con ellos…

No os dé vergüenza llorar su pérdida.

Yo tadavía sigo esperando que venga a recibirme al llegar a casa, … y todavía miro su silla preferida  y me entristezco cuando veo que está vacía…

 

 

 

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Cuando yo era una mica

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Ay amigos, hoy me he levantado añorando aquellos tiempos en los que era un cachorro. La verdad es que tenía la necesidad de recordar aquello que yo no recuerdo por mí misma porque era demasiado pequeña.

Y lo primero que me vino a la cabeza fue el estado rarísimo en el que se encontraba mi humana: “con el gato me quedo, pero a ti no te quiero”. Toma ya.

Y seguía con la conversación de que si uno no regala un animal para que te quieran, sino porque te quieren; que si no es un artículo de contrabando de cariño… ¡Madre mía la que le montó.!

Y sin embargo, a mí me miró, de esa manera tonta que me gusta, y decidió que me llamaría Ruah. Que sepais, que mi nombre tiene lo suyo: es hebreo y significa aliento vital, ese capaz de dar vida cuando toca. No quiero ni imaginarme por lo que estaría pasando en aquel momento. Cosas de humanos.

A los pocos días de estar en mi nuevo hogar, escuché cómo hablaban de mí. Preguntaba por mis padres, por si había estado con otros gatitos, qué personas vivían conmigo, si tenían otros animales, si me habían manejado bien entre la segunda y la séptima semana, que si me habían expuesto a un entorno complejo intentando que mi estado fuera positivo… Bueno, bueno, la que se lio cuando se enteró de que provenía de una casa en la que los humanos no se habían planteado el tema de la castración, y que mis hermanos terminaron en una tienda de animales. Aquella bronca fue apoteósica: que si cómo se les ocurría, que si que en qué estaban pensando, que si no se qué del bienestar de los gatos… Recuerdo cómo me cogió y cómo dijo “mi Ruah, vas a tener la desgracia de no separarte nunca de mí”. Y cumplió su amenaza… Aquí estamos, 16 años después.

Luego me fui enterando que nací ciega y sorda. Pero me duró poco, como habéis podido comprobar. A los dos meses ya veía como ahora y a partir de los 9 días comencé a oír, con matices, pero a oír.

Mi cuerpo se arrastaba por el suelo durante las dos primeras semanas y poco a poco fui espabilando. Eso sí, sobre los dos meses y medio, no había quien me parara.

Lo que sí recuerdo en mis carnes es a mi madre cuando me pasaba en el juego. A sus reprimendas argumentaban que me estaba enseñando conductas sociales. La proxima vez que me digan que una madre lanza una zapatilla diré que es una estrategia de aprendizaje social.

Y lo de hacer mis cositas en la arena, lo aprendí yo sola. Y lo de no ensuciar las zonas donde descanso es fundamental. Limpia hasta el final.

Pero lo de matar bichos… se me pasó el arroz. Nunca vi a mi madre cazar una presa viva. Si acaso cazar algún trozo de pollo del plato de alguien. Bueno, aún recuerdo la cara de asco de mi humana la primera vez que le llevé un pajarito muerto. Pero no fui yo, eh, que a mí lo que me va es perseguir.

 

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Como perros y gatos

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Yo vivía tan tranquila y tan feliz con mi humana hasta que vinieron a vivir a casa dos perros. Al comienzo venían como de visita, pero cuando vi que dejaban el cuenco de comida… Eso es igual que cuando alguien deja en el cuarto de baño de los humanos el cepillo de dientes… Malo: ¡tienen expectativas de continuidad! Y vaya que si continuaron… Aún los tengo aquí.

Pero al fin y al cabo, estos venían de estar con otros gatos, así que en poco tiempo les puse en su lugar, les dejé claro de quién era la humana y la casa, y comenzamos a respetar tiempos y lugares.

A uno de ellos, Nico, le daba por pastorearme. ¡Qué pesado! Tuve que usar mi gancho de izquierdas, e incluso el de derechas alguna que otra vez, pero me miraba con esos ojitos de buenazo y no podía sacarle las uñas. Ganchos almohadillados. Pero el chico lo entendió enseguida.

Con Ginga la cosa fue distinta. Me miraba como en la distancia y cuando pasaba cerca de ella, lanzaba un bocado al aire y en cámara lenta. Nunca me tocó. Luego entendí muchas cosas: el dolor de sus patas y, lo que más respeto me causó: su relación con Vilma.

Hacía años, Ginga había tenido embarazos psicológicos, y en esos períodos decidía adoptar a Vilma. La pobre gata aguantaba lametazos, traídas y venidas… Nunca estuvo tan limpia. Su relación era envidiable. Y continuó siéndolo incluso cuando desaparecieron los embarazos.

Pero Vilma era mayor. Y un día murió. Tremendo día. Doloroso día. Inolvidable día.

Ginga la buscaba y la buscaba al volver de cada paseo. Olisqueaba los lugares donde Vilma dormitaba, iba donde estaba el arenero, recorría todas las habitaciones… y no encontraba nada. La tristeza se veía en sus ojos con tanta evidencia, que no hacía falta preguntarse por qué había dejado de comer y por qué no quería salir del transportín.

Al conocer esta historia, hicimos un pacto de respeto. Y todo nos fue bien.

Cuando más o menos ya tenía controlado el mundo canino, se presentaron en casa con un cachorro. Madre mía, ¡pero que habría hecho yo para merecer aquello! Era más o menos de mi tamaño, y la muy perra -no es un insulto, es una descripción de su condición- se empeñaba en jugar conmigo como lo había hecho anteriormente con sus hermanos: que yo intentaba apartarla con las patas delanteras, ella pensaba que quería jugar y hacía lo mismo; que bajaba de la encimera después de comer, me esperaba abajo haciendo el arco y siguiéndome a todas partes pegándome mordisquitos; que estaba sentada encima de mi humana tranquilamente y ella venía a ponerse también, yo movía el rabo y la muy tonta pensaba que estaba contenta; que estaba descansando en mi cojín, venía a decirme “quieres jugar, quieres jugar”, y yo no le hacía caso, sollozaba y ponía su hociquito enfrente de mí. Y como se me ocurriera sacar la pata para decirle que ahora no quería, pensaba que estaba jugando, y vuelta a empezar.

¿Pero es que nadie a enseñado “gato” a este perro? Tuve que ser gráfica, bajarle de internet un par de carteles y explicarle que nuestros lenguajes son antagónicos.

Yo pensé que dicho esto, todo estaría claro. Pero qué ilusa de mí. Al final tuve que aprender que la pobre no puede con tanta energía, y que es superior a sus fuerzas no saludarme cada mañana, no esperarme cada vez que bajo de algún lado y no sollozar cuando no quiero jugar con ella. Luego me pone ese hociquito, me da un lengüetazo, y me pasa como con los ojos de Nico: qué voy a hacer. Así que opto por quedarme quieta cuando viene a saludarme, y si me toca mucho la moral, darle un pequeño zarpazo sin zarpas.

PD: si quieres saber cómo lo vivió ella, puedes leerlo en las crónicas de Tea.

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Mi humana me habla raro… y me gusta

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Hoy ha sido un día duro. Me he vuelto a hacer pis fuera del arenero, llevaba dos días comiendo muy mal, me han puesto un enema, y, como a eso de las 4 de la mañana, me he despertado y me sentido un poco perdida, y, claro, me he puesto a maullar. Pero un maullido de esos profundos, no de los que uso para que me den de comer. Mi humana ha venido corriendo a ver qué me pasaba, me ha cogido despacito, y me ha llevado con ella a su habitación, con un “no pasa nada, mi chiquitina…”.

Y es que tiene reacciones que no llego a comprender. Por ejemplo, una cosa rara es cómo me habla. Pone un tono, que es el mismo que le escucho con su sobrina, con los niños pequeños, o con el remolino de cachorro que tenemos ahora en casa. ¡Y me dice unas cosas! Que si mi tesoro, que si mi cosita, que si mi abuelita, que si mi alegría… Si no fuera porque me suenan a verdad, y me hacen sentirme bien, vomitaría: cuánta cursilada. He de reconocer que me gusta ese tono. Me hace sentir segura y tranquila. Y no puedo evitar que se me escape el ronroneo…

Y esta es otra de esas estrañezas suyas. Si me coge y la ronroneo, se queda quieta, respira hondo, y si me descuido, comienza a acunarme. Mira que le dicho que eso no me va, así que comienzo a mover la cola, y ella, que ya me conoce y sabe que como siga así, tendré 16 años, pero aún sé morder, deja el balanceo y me deja o bien en la mesa donde tengo la comida, o bien en mi asiento en el salón, o bien en el suelo.

¡Y sus llegadas a casa! Antes de que viniera la invasión perruna, salía a recibirla a la puerta. Omito contaros los princesa, cosita y demás atributos que me dedicaba. Además de hacerme preguntas mientras me llevaba a darme de comer: que si cómo te ha ido el día, que si te has aburrido mucho… Yo pensaba: “la que está aburrida es ella. A esta le hace falta una pareja. Esta muy sola la pobre y lo paga conmigo”. Pero me equivocaba. Ahora que tiene pareja y tenemos a dos canidos, ¡¡¡¡me hace y me dice lo mismo!!!!!

Y parece que no tiene límite, porque con los demás hace igual. Claro, a ellos no les coge y ellos no le ronronean, así que no pueden experimetar su estado catatónico cuando comenzamos con nuestro ritual placentero.

Por cierto, ahora, sigo saliendo a recibirla. Pero con la juventud del cachorro y el tamaño del otro, espero en un segundo plano a que las fieras se desfoguen. Para mí siempre queda lo mejor…

 

PARA LOS HUMANOS GATUNOS:

  • La calidad de la relación humano-animal viene dada por la activación del sistema de la oxitocina
  • Cuanto más cercana es la relación, más oxitocina se libera, tanto en el humano como en el animal.
  • Para que os hagáis una idea de lo importante que es la oxitocina, os diré que es la misma hormona que está presente en situaciones como el comportamiento maternal, en el establecimiento de vínculos… en la lactancia, las caricias, el contacto… en contextos de relaciones seguras y de confianza

 

 

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Bebé a bordo

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Un buen día, las cosas en casa empezaron a cambiar.

La habitación que hasta ese momento había sido el despacho, y donde yo tenía mi cesta para el sueñecito de la tarde, justo en la mesa, a la altura precisa para que me diera el calorcito en invierno, fue transformada, y mi cesta cambiada de sitio.

Además, hasta ese momento, cuando mi humana se ponía a escribir delante del ordenador, yo encontraba hueco perfectamente en su regazo. Pero poco a poco fui deslizándome hacie el teclado, y no precisamente porque yo quisiera. Era como si me faltara espacio, como si algo me empujara hacia adelante. Era ese barrigón que estaba abombando su cuerpo.

Recuerdo que un día se fue, y antes de que llegara, alguien me dio a oler un trapo, mientras me acariciaba. 

Al día siguiente, mi humana llegó distinta. Contenta y con una cosa envuelta en brazos. Me acerqué, como lo hago en general cuando viene gente a casa, a ver qué era aquello. ¿Una comida rica? ¿Un jueguete? No… un diminuto ser humano.

Ahora lo entendía todo: ¿a qué huelen los bebés? Al trapo que me enseñaron el día anterior.

El encuentro fue agradable. Al tiempo que yo le olía, recibía caricias… No era tan malo. Entendí en ese momento la utilidad de ese cachivache que pusieron en la habitación reformada: cuna, lo llamaron. Recuerdo que cuando pusieron allí al bebé, me froté contra ella. Y ese fue mi primer susto: ¡esa cosa se movía!

He de reconocer que las cosas empezaron regular. Todo el mundo pendiente del niño. ¿Y mis juegos? ¿Y mis caricias? ¿Y ese estar atentos de si ahora me apetece algo especial o no? Hasta la comida humeda llegaba casi a secarse sin que me la cambiaran.  Esos detalles que antes se cuidaban tanto…

Debido a que su pericia inicial  para atender al bebé era más bien escasa, se les veía agobiados, no te creas. Pero enseguida se dieron cuenta de que yo empezaba a estar rara. No sé si fue ese primer pis fuera de la bandeja, o ese primer día que decidí no salir. Así que retomaron los juegos, algunas rutinas conmigo, e incluso, si no podían atenderme  cuando hacían cosas con el bebé (ya sabemos que cambiar un pañal, depende de para quién, puede ser una labor de ingeniería aeroespacial) me llevaban a la cocina a darme ese exquisito mousse de pato. ¡Miau, que rico! Otras veces me lanzaban aquel caramelo ruidosos, o, si tenía suerte, me daban una caja vacía para mí solita. Era genial.  Las cosas empezaban a mejorar.

A un amigo mío, no le fue tan bien. A él le dio por esconderse. Que digo yo, que si uno se esconde es porque quiere no ser encontrado, ¿no?. Pues no. Sus humanos empeñados en que tenía que saludar al niño. ¡La que se armó!. Y encima que si la culpa era del gato… Le cambiaron las cosas de sitio, no le dejaban entrar en la habitación, soportó pinturas, muebles nuevos, que si tiro un tabique… ¿Y la culpa era del gato? Infartado estaba el pobre. Empezó a ser más esquivo y a mearse fuera, a estar más apático, a comer menos…. ¡Madre mía!

Las semanas siguientes a la venida del bebé, no fueron mejores para él: apenas le hacían caso, cuando cambiaban al niño o le daban de comer le sacaban de la habitación… Pobre. Su casa transformada, sus habitantes comportándose de forma extraña, nuevo miembro ante el cual todo le salía mal…

Problemas de comportamiento dijeron que tenía cuando se lo dieron a una hermana de su humano. Problemas de comportamiento. Que si tenían miedo de que le hiciera algo al niño, dijeron. Mi amigo, que hasta ese momento había sido lo más sociable en gato que yo he conocido.

A mi me parece que los que presentaron problemas de comportamiento fueron ellos. Pero qué se yo, si sólo soy una gata.

Bueno, dejémoslo aquí. En otra ocasión os hablaré de cuando el niño empezó a gatear. ¡Ay qué peligro!

AMIGO GATUNO, RECUERDA:

  • Si el gato con el que vives no presenta previamente a la llegada del bebé problemas de comportamiento, el acople entre ambos será sencillo teniendo en cuenta algunas pautas.
  • La llegada el bebé, nos supone estrés, como a ti, aunque sea muy querido.
  • Somos animales  que necesitamos estabilidad en casa, a nivel social (en sus miembros, animales o humanos), y a nivel físico.
  • Cuando llega un bebé, hay cambios que vienen aparejados a él: redistribución de la casa, muebles nuevos, cambios de rutinas, nos dedicáis  menos tiempo.
  • Necesitamos que nos lo pongáis fácil para minimizar el estrés que todo esto nos supone.
  • Os da mucho miedo que contagiemos alguna enfermedad al bebé. Eso es sumamente difícil, pero además se puede prevenir con visitas de rutina al veterinario una vez al año, manteniendo nuestro arenero limpio, y si somos muy cariñosos, teniendo cuidado con los lamidos en la cara.
  • Dadnos tiempo para ir hacéndonos a la idea. Si tenéis que hacer cambios en la casa, hacedlo semanas antes: no dejéis todo para última hora.
  • No cambiés de forma brusca vuestra forma de relacionaros con nosotros. Es verdad que no somos perros, pero eso no significa que no disfrutemos de los juegos, de las caricias, de la forma en la que sucumbís a nuestros deseos (esta comidita, este momento en el sofá…), de la limpieza de nuestro arenero, del orden de nuestras cosas (dónde está nuestra bandeja, nuestro rascador, nuestro comedero…).
  • Enriqueced nuestro entorno: poned a nuestro alcance elementos que nos permitan desarrollar nuestras conductas naturales. Jugad con el espacio, poned a distintas alturas lugares a los que acceder a descansar, multiplicad las cuencos de agua y comida…
  • Ayudadnos a asociar al bebé con experiencias positivas.
  • Podéis usar también una sustancia llamada feromona facial felina. A los humanos no os hace nada, pero a nosotros nos ayuda a percibir el entorno como seguro.
  • Una toalla con el olor del bebé antes de que llegue a casa, asociada con premios y juego nos ayudará a reconocerle como algo agradable.
  • Si tenéis que hacernos menos caso por hacer cosas con el bebé, en esos momentos dadnos una alternativa: una comida rica, un juguete…
  • No nos regañéis si nos acercamos al bebé. Si os preocupa, cogednos tranquilamente.
  • Dejad que seamos nosotros los que iniciemos el contacto con el niño. Supervisad cada contacto,  pero no nos  forcéis. Las cosas poquito a poco.
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A vueltas con los pipis

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Ay, otro día que me hago pis fuera del pipi-room. Ya no soy la que era. Mi organismo no funciona del todo bien. No sé si los humanos lo saben, pero los gatos tenemos un toque supersticioso cuando algo nos duele. Así si tenemos cistitis y meamos en la arena, asociamos el dolor con la arena… y nos buscamos otro lugar para vaciar nuestra vejiga. Como eso no funciona, vamos buscando lugares y lugares. Somos así. Nuestra perfección felina tiene flecos supersticiosos. Pero a ver qué humano se atreve a decirnos algo al respecto cuando sus supersticiones en torno a los gatos son sobradamente conocidas: pobres gatos negros… Y no hablo de otras muchísmos creencias donde nosotros no somos los protagonistas…

Vuelvo al tema: qué tiempos aquellos en los que mis pipis los hacía en el sitio correcto porque mi organismo funcionaba bien, a pesar de las torpezas y ensayos que he tenido que padecer. Cuando llegué a manos de mi humana, y por el revuelo que ya os comenté, decidió tenerme en su habitación, y ponerme allí todo lo que necesitaba. Pero no se le ocurrió otra cosa que poner el arenero al lado de la comida. ¿Pero acaso ella come en el retrete?. Todos los gatos tenemos nuestra rutina para hacer nuestras cositas, y la traemos prácticamente de fábrica: hacemos un agujero, miccinamos o defecamos, nos damos la vuelta y finalizamos enterrando lo que hacemos. Para esto necesitamos que la bandeja tenga un tamaño suficiente, y arena para poder urgar. ¡Imaginaos cómo saltaban los granitos hacia mi cuencos de comida y agua!

No tardó mucho en darse cuenta de ello, y me puso el arenero en el baño de la residencia: al final de un pasillo larguísimo.. Recuerdo nuestro paseos hasta llegar por fin al lugar adecuado. Se le pasó un pequeño detalle por alto: ese era un lugar transitado de forma continua por adolescentes que iban allí no sólo para su desahogo funcional, sino, gracias a los grandes espejos que decoraban el lugar, para ensayar peinados, maquillajes, bailes múltiples y variados… Total, que ni la Gran Vía un sábado por la tarde. ¡Que a una le gusta ir al baño tranquila!

Luego, al cambiar de piso, las cosas cambiaron y todo empezó a tener una disposición un poco más acorde.

El lío fue luego con la arena: cuántos sustratos hasta dar con el adecuado: aglomerantes, perfumados, pellets… Y la evolución del pipiroom: que si sencillo, ahora con reborde, ahora cerrado…

Yo lo tenía claro: si no me gustaba el sustrato: pues a toda máquina, no hacía la secuencia completa y si podía lo hacía desde la propia bandeja.  Si no me gustaba la bandeja, la verdad es que esto me ha ocurrido poco, pero entonces creo que me mearía fuera.  Porque ¿quién entraría en un lugar que no le gusta? Y ya, si está sucio… pues me buscaría un lugar alternativo. Eso le pasó a un gato amigo mío: estuvo solo el fin de semana y nadie le limpió la arena. Terminó buscando un sitio más limpio y más blandito: unas mantas, creo. ¿O eran las sábanas?

A veces me sorprende que esto no se entienda. ¿Es que a los humanos no les gusta tener su baño limpito, hacer sus cosas tranquilos y que puedan moverse dentro lo suficiente como para estar cómodos? Anda que no he oído yo cómo se quejan cuando van a algún lugar y el baño es pequeño, está sucio, sin papel, y se forman unas colas tremendas donde todo el mundo les mete prisa. En fin.

Ahora que ya soy mayor, agradezco que me pongan las cosas fáciles.  Pero recordad que vivo con dos perros y que no son muy escrupulosos a la hora de buscar aperitivos. Así que tuvieron que darle al coco para conseguir que mi bandeja estuviera en un lugar tranquilo, fuera de su alcance y con un dispositivo que me hace fácil entrar a mí, pero imposible a ellos y sus cabezotas trasteadoras y succionadoras.

Humano gatuno, recuerda:

  • Da igual que el gato sea macho o hembra: nuestra postura para miccionar y defecar son iguales: agachamos la parte trasera.
  • En general, nos gustan las superficies blandas, fáciles de excavar y absorventes
  • Realizamos siempre una secuencia completa: excarvan, miccionan o defecan, nos damos la vuelta y lo tapamos.
  • Hay que tener en cuenta el tipo de bandeja, el sustrato y la localización.
  • La bandeja tiene que tener un tamaño suficiente como para que entremos sin problemas y podamos dar una vuelta sobre nosotros mismos. La arena, unos 4-5 centímetros.
  • La mayoría de los gatos preferimos las bandejas sin cubrir, no demasiado altas y sin bordes, anque hay gatos que no tiene problemas para usar las cubiertas.
  • El lugar donde se sitúe la bandeja tiene que ser de fácil acceso, tranquilo y poco transitado.
  • El número ideal de bandejas a tener es n+1, siendo n el número de gatos que hay en la casa.
  • Hay muchas variedades de sustrato, y se puede probar cuál prefiere cada gato en concreto, pero en general preferimos la arena no perfumada, aglomerante y fina.
  • Una de las causas más frecuentes de aversión a la bandeja es la falta de limpieza. La tolerancia de cada gato varía, pero debería limpiarse de residuos 1 ó 2 veces al día, y cambiar con frecuencia la arena al completo, dependiendo del tipo de arena y número de gatos.
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El neceser redondo y azul

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Queridos gatos y humanos gatunos:

Comencemos por el principio.

Llegué a las manos de mi humana a la edad de 40 días. Toda su vida había tenido gato, y por circunstancias de la vida, ahora se encontraba huérfana de animales. Aparecí en un neceser redondo y azul. Yo estaba un tanto asustada, pero al ver esa cara de pánfila casi sollozar al verme y cogerme tan despacito y con tanto cuidado, me relajé un poquito.

No os he contado que por aquel entonces mi humana vivía en la residencia en la que trabajaba. Un centro de menores de cinco plantas repletas de niños y niñas: seres chillones, ruidosos y que sienten una tendencia natural a querer cogerte, meterte en cualquier sitio, y ponerte gorrito en Navidad.

Los niños de todos los hogares del centro hacían cola en la puerta del piso donde yo vivía para verme y tocarme.

Tan grande fue el revuelo, que tuvieron que restringir las visitas y habilitarme un espacio más adecuado para mí. Uff, qué descanso…

Recuerdo también esos largo pasillos. ¿Sabéis lo que era flipante? Perseguir caramelos de menta, de esos envueltos en papel ruidoso. Era genial: ella me tiraba uno y yo iba regateando con él por el pasillo. Luego, cuando crecí un poco más, me encantaba cogerlos con la boca y hacer un vuelo rasante por el sillón cuando mi humana estaba sentada en él, y dejarlo caer sobre ella como si fuera una bomba.

¡Ay que tiempos! Ahora más que vuelos rasantes hago estiramientos lentos en el sofá para terminar aposentándome encima de alguna persona sin mirar mucho si lo que queda delante de su cara es la mía, o cualquier otra parte menos noble de mi anatomía.

AMIGO GATUNO, RECUERDA:

  • Hay que intentar en la medida de lo posible evitar el destete precoz. Lo ideal para hacernos con él son las 7 semanas.
  • La manipulación excesiva del cachorro no es buena; puede dar lugar a que aparezcan problemas de agresividad y miedos.
  • Es mejor jugar a perseguir pequeños objetos o juguetes, nunca las manos o los pies. Así se evitarán posibles problemas de agresividad en el juego y no te llevarás sustos cuando estés durmiendo y muevas uno de tus pies.
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Me llamo Ruah y os voy a contar mis batallitas

 

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Hola gatos y humanos gatunos.

Me llamo Ruah y soy una siamesa de 16 años. Así que os podréis imaginar que he vivido muchas cosas.

A mi edad la vida se ve desde otra perspectiva y de eso os voy a hablar.

Ya mi salud me juega malas pasadas. He estado muy malita y dejé de comer, pero gracias a los cuidados de mi humana sigo aquí, aunque calculo que he gastado cinco de mis siete vidas. Ahora le da por comprarme comida rarísima como pollo a la jardinera o pato con espinacas o bacalao con arroz… en fin … que cada día me sorprende con alguna novedad y basta que me siente al lado de mi cacharrito de comida húmeda para que venga enseguida a llenarlo.

En todos estos años hemos vivido fundamentalmente mi humana y yo solas, pero desde hace un tiempo a esta parte vivo con perros, sí con perros: de hija unica a convivir con estos seres. Y qué torpes son, no se enteran de nada. Ya os contare, ¡que encima han traido una cachorra!. El colmo.

Os contare cómo somos los gatos y  los problemillas que surgen porque los humanos, aunque le pongan buena intención, a veces se hacen un gran lío con nosotros: que si hacemos pis una vez fuera del cacharro, la hecatombe;  que si traen otro gato y pegamos un bufido, sólo les falta llamar al exorcita; que si arañamos donde no debemos… amigos, ahí nos hemos metido en un buen lío…

Menos mal que a mi humana le dio por estudiar una cosa que se llama etología y desde entonces me comprende mejor. Incluso yo creo qe comprendo un poco más a los humanos.

Así que me voy a levantar de la pila de apuntes que tiene sobre la mesa del despacho y voy a sentarme en el pasillo a mirarla. Ya veréis como viene corriendo a ver cuáles son mis deseos. ¿Hoy prefiero pato con espinacas, pollo a la jardinera, o quizá esa bolita de pienso que ha tirado el perro de su cacharro?

Bienvenidos a mis batallitas.

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